Ser hermana. Ser madre.

Últimamente no tengo ni ganas de escribir. Con lo que me gusta y lo terapéutico que me resulta. La adaptación a la escuela está siendo difícil y cuesta, cuesta mucho, mantener la calma y la cordura.

En días como hoy, hasta casi que me obligo a sentarme y escribir. Me obligo porque sé que sólo necesito arrancar y en seguida vuelven a fluir las palabras.

Empecé a escribir como mucha gente, supongo, escribiendo un diario. Recuerdo volver un día del colegio y encontrarme encima de la cama un diario precioso, con una cerradura que nunca funcionó y con hojas que olían bien.

No entendía a que venía ese regalo porque no era mi cumpleaños ni nada parecido. Mi madre solamente me dijo: es que lo necesitas. Y tenía razón, estaba en la explosión de mi adolescencia y necesitaba descargar emociones en el papel.

Devoraba libros y escribir parecía el siguiente paso natural. En aquella época leía todo lo que caía en mis manos, pero especialmente recuerdo algunos libros: Momo, la historia Interminable, los Cinco, los Hollister y el diario de Ana Frank.

Durante años mi mantra interior fue: “el papel es más paciente que los hombres”, escrito por Ana Frank. Las letras siempre han sido un refugio secreto. Puedes escribir y difundirlo o puedes escribir y nadie tiene porqué enterarse.

Aquel fue el primero de muchos diarios, algunos bonitos como aquel primer diario, otros simples cuadernos, todos llenos hasta arriba de anotaciones.

Los guardo todos, llenos de palabras propias, pero también de recortes, de dibujos, de palabras formando frases copiadas de algún libro, de poemas, con restos de flores secas que no han sobrevivido al paso de los años.

Hace poco los volví a leer, cuando estaba en medio de la terapia a la que fui tras el diagnóstico de mi hijo. Los primeros diarios que escribí reflejan una situación de conflicto en casa que iba de mal en peor. En aquel entonces mi hermana acudía regularmente a una psicóloga. Dificultades de aprendizaje. Una hermana a la que un sistema educativo, no muy diferente al actual en demasiados aspectos, exigía por encima de sus posibilidades.

Volver a leer aquellas frases de odio que lanzaba contra mi hermana, por ser la especial, por ser la que más atenciones se llevaba, por ser la mimada de mamá me hizo abrir los ojos a una realidad que llevaba años ignorando.

Soy hermana de una niña que si hubiera nacido hoy recibiría un dictamen, se convertiría en una niña con necesidades educativas especiales en un sistema educativo que, si ahora te pone una etiqueta y te lanza a caminar en paralelo, antes te abandonaba a tu suerte y allá te las compongas.

Me veo a mí misma en aquellas palabras y me veo en mi hija enfadada porque “siempre estás con el tete”, porque “siempre me tengo que callar por el tete”…

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En momentos como el que estamos viviendo ahora se aprecian tanto las diferencias que duele de pensarlo. Soy positiva o intento serlo, busco siempre el lado de la caja que refleja lo que tienen en común y no lo que los diferencia, pero están ahí: las inflexibilidades, las rigideces, los errores de comprensión verbal, los malentendidos, las explosiones incontroladas, se disparan.

Y veo a mi hija y me veo a mi misma, mirando a mi hermana como si estuviera en otra dimensión y me pregunto si lo estamos haciendo bien, si les estamos dando el apoyo que necesitan, si cuando lleguen a esa etapa tan crítica que es la adolescencia serán capaces de buscar el lado de la caja que refleja lo que les une o si se dedicaran a buscar las aristas que los separan y los diferencian.

Mi hermana y yo hemos seguido caminos de vida distintos, ninguno mejor o peor. Nos llevamos bien y de hecho ella es la que me retoca las fotos para el blog. Aquella fase se superó, solo me duele mi falta de comprensión hacia su situación, mi falta de empatía hacia una niña que vivía con ansiedad estar en un sistema educativo que no respetaba sus ritmos. Solo era una niña entonces y tampoco me puedo culpar por ello, pero han hecho falta treinta años más y un diagnóstico de autismo en mi casa para darme cuenta de las penurias por las que le hicieron transitar.

Antes de publicar este texto, le he pedido permiso para hacerlo. Su historia forma parte de la mía, vamos indisolublemente unidas, pero sin su aprobación no lo hubiera publicado.

La vida es aprendizaje y nos da lecciones una y otra vez, hasta que las aprendemos de verdad.

 

 

 

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