SER ASESORA DE LACTANCIA (1): PERSPECTIVA DE DERECHOS

Soy asesora de lactancia, así me presento y así me siento e identifico. Para mí, ser asesora de lactancia es el equilibrio perfecto entre evidencia científica y perspectiva de derechos. En esta entrada, hablaré de mi punto de vista, mi forma de ver las cosas, sobre lo que implica trabajar desde la perspectiva de derechos.  Aunque van indisolublemente unidas la perspectiva de derechos y la evidencia científica, en esta entrada hablaré solo del primer aspecto.

¿Qué es ser asesora?

Pero ¿qué es ser asesora?… empecemos por ahí.

Ser asesora de lactancia hoy en día es decir muchas cosas y no decir nada. Porque no está regulado en ningún sitio. No existe un reconocimiento oficial, ni siquiera a la figura de la IBLCC, que podría ser lo más parecido a una profesional de la lactancia. No es una profesión homologada dentro del sistema de salud, aunque sí reconocida en muchos ámbitos.

Desde el movimiento social de la lactancia se hacen esfuerzos por homogeneizar y dotar de contenido mínimo a este activismo, a caballo entre voluntariado y actividad económica. Existen múltiples escuelas y centros de formación que de manera presencial u online ofrecen formación en asesoría en lactancia materna.

Más o menos todo el mundo parece coincidir en el nexo común del asesoramiento a madres en lactancia materna, durante el embarazo y hasta el destete, y desde el voluntariado de los grupos de apoyo. Esto sería lo más aceptado.

Así, existen asesoras voluntarias que participan en grupos de ayuda mutua en asociaciones. Principalmente son madres que se forman y actualizan y comparten además su propia experiencia de lactancia personal. Como también las hay que cobran por sus servicios.

Para complicar más el asunto, los profesionales de la salud cada vez se acercan más al mundo de la lactancia y podemos encontrar fisioterapeutas, logopedas, enfermeras pediátricas y pediatras que se han formado en lactancia materna y se autodenominan asesoras de lactancia.

La línea entre el voluntariado y la actividad económica es muy delgada en muchos casos.

Ser asesora como identidad

Así que ser asesora de lactancia, tal y como están las cosas, es más una identidad, un sentimiento que otra cosa. No existe un consenso claro sobre el límite, no hay un único examen, ni un título específico, ni acreditación, ni nada.

Lo máximo que puedes hacer es acreditarte como IBCLCC, pero como digo, tampoco está homologado dentro del sistema de salud. De manera que los límites, el contenido y la definición de lo que es ser asesora de lactancia queda en manos de la ética y valores de cada persona o de cada asociación.

Esto genera dudas, confusión y muchas veces desconfianza. Ojalá algún día podamos ver reconocida dentro de las figuras sanitarias la especialización en lactancia materna.

De esta manera, la línea entre voluntariado y actividad sanitaria (privada o pública) estaría definida. Y creo que nos ahorraríamos debates infinitos sobre hasta donde tú y hasta donde yo, entre otras muchas cosas.

En mi caso, soy licenciada en derecho, con el posgrado de experto en práctica avanzada en lactancia materna de Lactapp y Blanquerna y estudiante de psicología.

Tengo la carrera de psciología parada porque justo ahora me formo con Edulacta, en las 14 asignaturas sanitarias que necesito para poder optar a acreditarme, en algún momento, como IBCLCC.

Me formé como asesora de lactancia hace once años, cuando mi hijo mayor tenía dos años recién cumplidos.

También hice en su momento la formación de doula para descubrir que, en realidad, no me siento identificada con esa figura. Todo mi cariño a mis compañeras de curso.

A partir de ahí he aprendido mucho de forma autodidacta y a través de cursos y formaciones puntuales y a través de mi experiencia llevando grupos de apoyo y haciendo visitas a domicilio a madres recientes.

Estoy en una asociación como voluntaria, LactaMater, pero en determinados momentos he cobrado por asesoramiento.

Soy asesora de lactancia, así me presento y así me siento e identifico.

Perspectiva de derechos

Ser asesora, como decía, para mi es trabajar desde el equilibrio perfecto entre evidencia científica y perspectiva de derechos.

Un equilibrio que a veces es precario y se tambalea. Es sobre todo un objetivo que conseguir, un fin en sí mismo, más que una realidad. Porque tengamos el título que tengamos, somos personas y llevamos encima nuestro un bagaje cultural y social del que difícilmente nos podemos desprender.

Prejuicios y estereotipos que nos van a conducir inevitablemente a discriminar en algún momento. De forma consciente o inconsciente, no creo que haya nadie en este mundo que no haya sucumbido a un prejuicio.

Bueno si, los bebés, ellos no entienden de estas cosas.

¿Qué dice la teoría?

La perspectiva de derechos supone considerar al sujeto central de la lactancia a la madre y al bebé.

Nosotras, en realidad, estamos en un segundo plano. Como dicen las comadronas: “manos atrás”. Esta frase implica observar y no intervenir a menos que sea necesario, dar tiempo, confiar y retirarnos del centro de atención: quién pare es la madre, quién lacta es la madre.

(Entiendo por madre a mujeres que paren y lactan, personas transgénero que paren y lactan, mujeres que adoptan e inducen la lactancia y cualquier figura equivalente que se pueda escapar a mi conocimiento. Madre entendida en este contexto como aquella persona que ofrece su cuerpo para alimentar a un bebé).

La madre tiene derecho a una atención basada en la evidencia teniendo en cuenta sus preferencias personales y sin menoscabar nunca su autonomía. Es ella la que tomará la decisión final sobre lo que desea hacer.

La atención individualizada al bebé supone también el derecho a recibir una atención basada en la evidencia teniendo en cuenta su nivel de desarrollo y sus características y necesidades individualizadas.

Ambos, madre y bebé, son una díada, un conjunto inseparable, que se valora, se observa y se respeta en su conjunto.

Si el bebé es un bebé con autismo, sospechas de serlo o alteraciones en el desarrollo sin determinar todavía, y queremos dar una atención de calidad, debemos tener un mínimo de formación en autismo.

Saber lo que es la maternidad diversa, los retos y desafíos que supone la crianza en un mundo discriminatorio como el nuestro.

Y si no tenemos, como siempre, derivar, buscar una segunda opinión, etc.

Ideas preconcebidas fuera

Lo más difícil de todo esto es ser capaz de escuchar sin juzgar, de acompañar sin opinar.

Abrir la mirada a nuestra propia ignorancia a lo desconocido, sin echar mano de nuestro bagaje previo de prejuicios y mapas mentales propios, es una tarea titánica.

Lo cierto es que es imposible. No podemos deshacernos de todo ello, forma parte de nosotros y conforma también nuestra identidad. Los prejuicios, las ideas preconcebidas son necesarias para entender el mundo. Vamos adquiriéndolos durante nuestro desarrollo, nos acompañan toda la vida.

Y un día te pones las gafas moradas y empiezas a ver y darte cuenta de que lo que te están diciendo como verdad inmutable, no siempre se cumple. Otro día llega la discapacidad a tu casa y te pones otras gafas y empiezas a ver todo con un poco más de dimensión.

Te das cuenta de que existían colectivos de personas a los que ignorabas porque tú estás viviendo encima de un pedestal privilegiado.

Las asesoras de lactancia pasamos por una fase en la que pretendemos salvar todas las lactancias. Una fase muy intensa que tal vez sea inevitable pasar, no lo sé, pero de la que tarde o temprano te caes dándote un buen batacazo.

Para mí fue el día que vi a mi amiga asesora entrando en un grupo de apoyo dando biberón a su hija con galactosemia, el día que recibí el diagnóstico de autismo de mi hijo, el día que decidí coger una excedencia y afrontar mis propias miserias. Todo cambió.

Dejé de juzgar y opinar sobre el comportamiento de los hijos de las demás el día que decidí que no pisaba nunca más un parque, incapaz de entender a mi hijo. Ni sobre la lactancia, ni la crianza de nadie.

A veces emerge una vocecilla que me recuerda mis prejuicios y mis propios valores, pero trato de callarla rápido, a veces no lo consigo. No siempre. Deconstruir tu propia identidad para aceptar la de los demás, no es tarea fácil.

Sigue la próxima semana….

Secundaria, adolescencia y autismo

La vuelta al cole, al instituto en realidad, es siempre un momento de crisis. La secundaria además complica las cosas porque el profesorado tiene una gran variabilidad. La adolescencia es en sí un momento de grandes cambios hormonales y físicos, emocionales y cognitivos. Es una etapa en la que nuestro pequeño empieza el camino hacia la edad adulta. No son ni adultos, ni niños, en un limbo extraño y espacio propio. Si a ese cóctel de hormonas y emociones, a ese no saber dónde está su lugar, le añadimos el autismo: las dificultades de comunicación, las alteraciones sensoriales, etc. el cóctel puede resultar explosivo.

Ya no hablo de las vicisitudes que vive mi hijo, porque forman parte de su intimidad. Pero como madre sí que necesito compartir sensaciones y emociones en ese difícil camino que es educar y criar a un hijo con autismo. Educar a un adolescente autista. Estas son mis preocupaciones y debates internos, que no tienen porqué ser los tuyos, ni tienen porqué representar el sentir de todas las madres. Las comparto por los mismos motivos que llevo escribiendo en este blog desde hace ya más de tres años: aprender y soltar mis emociones, reconciliarme conmigo misma.

La infancia fue muy dura. Aprender sobre autismo, empapelar la casa, buscar terapias, escuelas, extraescolares y el papeleo que siempre nos persigue. De pequeño, con tres, cuatro, seis, ocho…le proteges, adaptas todo con soportes visuales, luchas por una escuela inclusiva, todo. Pero llega la adolescencia y te das cuenta de que no puedes protegerle de la variabilidad de la vida, que no puedes prever todo. Sabes que sin tener autismo la adolescencia es un momento difícil, con inseguridades y miedos. Tu hijo lleva de serie esa dificultad para sobrellevar los cambios, para establecer relaciones sociales, en un momento en que las amistades son (me atrevería a decir) lo más importante. Solo puedo sentir impotencia.

Como madre de un adolescente con autismo, no critico su forma de ser. No me molestan sus estereotipias, sus rutinas y costumbres curiosas. Trato de tender puentes entre lo que él siente y vive y lo que vivimos y sentimos los demás. Me refiero a nuestro hogar, nuestra intimidad común.

No critico su forma de vestir. Le digo que a veces, en según qué contextos, socialmente no es adecuado vestir así. Él decide si le importa o no lo que piensen los demás en ese momento.

Tampoco critico su forma de comer, le digo que es importante cuidarse. También que comer muchas veces es una excusa para relacionarnos. Ya sé qué él muchas veces no necesita relacionarse. Siempre tratamos de buscar un equilibrio. Si tenemos un evento social, una reunión familiar o algo parecido en sábado, él sabe que el domingo nadie le va a molestar.

Nunca critico su forma de ser (o eso creo), le digo que es importante saber cuáles son nuestras debilidades y nuestras habilidades para potenciar unas y aceptar las otras.

Tiene su espacio propio y trato de respetarlo todo lo que la convivencia en el espacio del que disponemos nos permite. Respeto su necesidad de aislamiento, reconozco que no siempre. A veces pierdo la paciencia y me duele en el alma.

La comunicación es difícil. Es como tratar de tender puentes entre un arenal y un barrizal. Nos resbalamos continuamente.

Y en el camino, me asaltan las dudas y me persigue la culpa. Leo a adultos en el espectro explicar su experiencia, sus dificultades para que su forma específica de sentir sea respetada y apreciada, valorada. Mi hijo no me puede explicar con tanto detalle estas cosas y entonces me pregunto: ¿Estaré exigiendo más de lo que realmente puede alcanzar? ¿Estaré respetando realmente todo lo que pienso que respeto? ¿Seré invasiva sin ser consciente? Luego me viene a la mente esa frase que le digo a todas las madres en el grupo de apoyo: “tira la culpa a la basura y dale bien fuerte”.

Pero mi culpa es cabezota y vuelve a asomar la cabeza, me mira de reojo y espera a que me despiste para volver a martirizarme.

Y así estoy, hablando con madres de bebés pequeñitos, diciéndoles que tiren la culpa a la basura, mientras la mía aprovecha cualquier conversación con mi hijo para aparecer por detrás, y recordarme que la maternidad, igual que el autismo, son para toda la vida.

Hotel sólo para adultos, discriminación escondida

Los hoteles solo para adultos son claramente una discriminación escondida bajo el pretexto de la “tranquilidad”. No había estado nunca en uno y este verano las circunstancias nos llevaron a estar una semana.

Cómo llegamos a entrar en un hotel sólo para adultos

Era la primera vez en casi quince años que teníamos a nuestros dos hijos fuera de casa en unos campamentos. Así que la ocasión, como dicen, la pintaban calva. En el último momento acudimos a una agencia de viajes a buscar algún hotel barato y cerca.

Teníamos que encontrar un hotel que estuviera lo suficientemente cerca para llegar rápido a buscarlos en caso de tener que hacerlo. Y barato para que, si teníamos que irnos antes, no perdiéramos un riñón por tener que ir a recogerlos.  A uno o a los dos.

Con ambos teníamos el tema del covid. Si había un positivo, tendríamos que ir a buscarlos. En este caso, la mayoría de los hoteles te abonaban la estancia no disfrutada, si lo demostrabas con justificantes.

Pero nosotros teníamos también la duda de si #PequeñoThor (autista) aguantaría una semana fuera de casa. Si no conseguía adaptarse, a pesar de todos los esfuerzos de los monitores, y empezaba a pasar un mal rato, nos iban a llamar. Pero ante eso, no hay justificante que valga, así que barato y cerca eran las dos premisas más importantes. Piscina también, pero eso lo tienen todos los hoteles.

El dilema y la decisión final

Pues bien, reservamos en un hotel solo para adultos, porque era el más barato, estaba a una hora de casa y tenia piscina. Y encima cerca de la playa.

En la agencia nos lo ofrecieron porque “ya que vais solos, que estéis tranquilos”, nosotros lo escogimos por otros motivos. Debo deciros que el sentimiento de contradicción, de estar haciendo algo con lo que no estoy de acuerdo, lo tuve desde el primer momento.

Por un lado, ¿sabiendo el riesgo que teníamos, íbamos a coger un hotel más caro? A nosotros en realidad, nos daba igual quién entrara o dejara de entrar en el hotel. Queríamos un hotel con piscina para estar juntos. Sin más.

Al final, en ese dilema existencial, la bloguera que llevo dentro me dijo: “ves y escribe un post”.

Así que, como diría Dani Rovira, cómico empírico, decidí ser bloguera empírica y dejarme llevar.

La sombra de la infancia

El hotel, del cual no diré el nombre, porque no es mi intención señalar ese “hotel concreto”, era como todos los hoteles. Con su restaurante, su piscina, su bar-cafetería, su espectáculo en vivo por las noches y poca cosa más.

Los hoteles de la costa combinan la estancia, con la o las piscinas y más o menos actividades dentro del hotel. No hay más secreto.

Observando cada señal, cada espacio, el mobiliario incluso, podías darte cuenta de que en ese hotel habían pensado, en algún momento, en los niños.

Resultaba incluso triste ver la piscina de los bebés vacía y sin uso. Los adultos no entraban, lógico.

En las señales de advertencia típicas de la piscina veías con claridad en qué zona había habido criaturas y en cuáles no.

En la zona de la biblioteca, unas mesas considerablemente pequeñas te dejaban claro que ahí, había habido niños.

Y si, el ambiente del hotel era muy tranquilo, es decir, sin ruidos.

La anécdota que lo explica todo

Una mañana ocurrió algo que a mi marido y a mi nos hizo echarnos unas risas y constatar como la prohibición de niños es absurda y discriminatoria.

Estábamos sentados tomando algo en la terraza al lado de la piscina, mi silla miraba hacia la piscina y mi marido estaba sentado orientado hacia la cafetería.

En ese momento veo como un grupo de jóvenes empiezan a jugar en el agua: un chico tira al agua a una chica, juegan y se ríen.

Y le digo a mi marido: “míralos, ese grupillo está jugando en la piscina”.

Mi maridín, que es muy serio a veces y no sabes si te está haciendo una broma o te lo está diciendo de verdad, me suelta: “si tienen menos de 20 años son niños y si son niños, tenemos que llamar a los del hotel para que los echen porque no pueden estar aquí”.

Nos miramos un segundo y nos echamos a reír. ¿Absurdo? Si, totalmente.

Si discriminamos a los niños porque son niños, ¿qué nos impide discriminar a la juventud de menos de 25 porque son jóvenes? ¿Y a los ancianos?

¿Y a partir de qué edad son niños? Porque para mí, que tengo 45 años, un chico de 20 me puede parecer un niño. ¿Qué escogemos? ¿La mayoría de edad? ¿Menores de 15? ¿Menores de 6? Absurdo.

Una película

Entonces recordé una película que vi hace mucho tiempo y de la que no recuerdo el nombre ni apenas la trama.

Era una película en la que ocurría algo que causaba problemas, algo catastrófico, que ponía en peligro la vida. En aquella película los mayores no permitían resolver la situación con sus reticencias para el cambio. Los jóvenes (30-50) deciden recluir a los ancianos (60-en adelante) porque eran un lastre para la sociedad y no permitían el avance de la tecnología.

Al final de la película, el problema se soluciona, pero ves como un grupo de adolescentes (15-20) mira con desconfianza al grupo que detenta el poder y piensa en hacer lo mismo. Es decir, los adolescentes se plantean recluir a los jóvenes porque no les permiten hacer lo que quieren. Pretenden recluir, es decir, segregar, a los jóvenes (30-50) porque no les permitían avanzar.

No recuerdo el nombre de la película y no he sido capaz de encontrarla, pero el recuerdo que tengo de ella refleja muy bien lo que pienso. No hay excusas para la discriminación por edad.

Discriminación

Desde luego el hotel en sí, no resultaba muy inclusivo. Si mirabas a tu alrededor veías parejas heteros, blancas, sin discapacidad (aparente) y todos, muy probablemente, con más o menos el mismo nivel educativo y poder adquisitivo similar. Tal vez alguna fuera gay, pero no había demostraciones de cariño en público.

Realmente, estábamos todos bastante calcados por el mismo patrón. Lo que me lleva a pensar en las barreras visibles: “sólo adultos” y las invisibles… que están, pero no las vemos, o no las queremos ver (racismo, homofobia…)

Dejando a un lado esa pequeña reflexión sobre otro tipo de discriminaciones, negar el acceso a un grupo determinado de personas por su edad, es discriminatorio.

Porque un hotel solo para adultos se basa en un estereotipo muy concreto: niño maleducado, ruidoso, incapaz de comportarse. Y prejuzga a todos los niños, que los habrá maleducados, y otros que no. Los habrá tranquilos y más movidos.

El hecho de incluir a todos los niños dentro de ese estereotipo y prohibirles el acceso por su edad, es discriminatorio.

Puedo entender que vayas buscando tranquilidad, pero si para conseguirla tienes que discriminar a una parte importante de la población, creo que tenemos un problema.

Referencias

Añado aqui dos artículos periodísticos sobre el tema y una referencia, por si quieres profundizar un poco más sobre los mecanismos psicológicos de la discriminación.

Oliver, D. (2021, 1 de agosto) “Aquí no pueden entrar niños”. ¿Son discriminatorios los hoteles o restaurantes ‘solo para adultos’? Ideas, el País.

Lopez de Miguel, A; Sánchez, Manuel (2020, 5 de junio) La Ley de Infancia reformula los delitos de odio: incorpora la edad como causa de discriminación sobre niños y ancianos. Público.

Tajfel, H. (1984). Grupos humanos y categorías sociales. Barcelona: Herder, 1981

3 conductas mamíferas de la lactancia materna que se confunden con autismo.

En mi experiencia como asesora de lactancia y madre de un peque autista detecto aspectos que son habituales en la lactancia y se atribuyen erróneamente al autismo. Son conductas mamíferas, propias de los bebés criados con lactancia materna, atribuidas exclusivamente al autismo.

1. Toma teta de un solo pecho y rechaza el otro

No, que un bebé con autismo prefiera un pecho sobre el otro, no es atribuible per se al autismo. En realidad, todos los bebés suelen decantarse por uno u otro pecho. Es lo que yo llamo lactancia asimétrica.

Un terapeuta (psicólogo, logopeda, etc) que te diga que tomar teta solo de un pecho es un signo de rigidez y de inflexibilidad, puede que sepa mucho de autismo, pero no sabe nada de lactancia. Porque la gran mayoría de los bebés, tengan autismo o no, escogen una teta como preferida.

Solo decirte que es obvio que un bebé autista tendrá conductas diferentes, presentará probablemente dificultades para aceptar los cambios y cosas similares. Que tome teta de un solo pecho, no es una conducta atribuible al autismo, porque todos lo hacen (alguno habrá que no, por supuesto).

Teniendo en cuenta que ningún niño llega al instituto tomando pecho, y que es un comportamiento común en los bebés criados con lactancia materna, eres tú la que tiene que sopesar si te molesta la lactancia asimétrica. Pero no lo relaciones con el autismo, no tiene nada que ver. Como siempre digo, son tus tetas, haz con ellas lo que quieras. Si quieres destetar o intentar que tome de los dos pechos, hazlo porque tú lo necesitas, no porque te digan que es una conducta «a corregir».

Si necesitas saber más sobre lactancia asimétrica, en esta entrada hablé específicamente de este tema.

2.Toma teta con algún tipo de ritual

Otra vez, vuelvo a decirte, que todos lo hacen. Unos pellizcan, otros tiran del pelo, los hay que sintonizan la otra teta, algunos quieren tomar teta con su juguete preferido en la mano y todo lo que se te ocurra.

Evidentemente, no voy a decirte que tal vez en el caso de un bebé autista, la necesidad de ese ritual sea superior, muy superior a la de otros bebés. Pero tampoco es una conducta necesariamente a corregir, a no ser que, vuelvo otra vez a lo de siempre, a ti te moleste.

Si te molesta ese ritual que tu bebé ha establecido para tomar teta, porque, por ejemplo, te pellizca el otro pezón y eso duele, intenta cambiar ese ritual con ayuda de tu terapeuta. Dependiendo de la edad y la capacidad de comprensión de tu bebé, usarás pictogramas, algún refuerzo positivo, o lo que sea conveniente.

Pero si no te molesta, si cuando toma teta necesita por ejemplo tener su muñeco favorito en la mano, y si no lo tiene grita y patalea, pues con tener ese muñeco favorito siempre a mano (y tres de repuesto bien guardados en el armario) tienes el problema solucionado.

Ese ritual, ese objeto, o esa conducta (tocar el pelo, etc) que realiza junto a la toma, puede que cuando la lactancia se acabe desaparezca. O puede que no. Muchos bebés, una vez se ha acabado la lactancia, siguen haciendo las mismas cosas que hacían al pecho tiempo después. Porque les relaja. Por ejemplo, tocarse el pelo.

Todos los bebés tienen sus manías a la hora de lactar, que tu hijo tenga autismo no implica que forzosamente haya que modificar su conducta. Solo si esa conducta para ti es un problema, porque te molesta, te hace daño, es inapropiada, o el motivo que sea.

Sobre herramientas para favorecer el destete de un peque autista, sea total o parcial, hablé en esta entrada.

3. Toma teta para calmar sentimientos y emociones

La lactancia materna es mucho más que alimento nutricional. Es alimento emocional, es una herramienta de contención emocional potentísima. Tanto que asusta, impacta y remueve conciencias.

La lactancia materna más allá de los seis meses es tabú. Está muy mal vista y por desgracia hay mentes perversas que ven en ella algo sexual. Y aunque lo es, porque el embarazo, el parto y la lactancia forman parte de la vida sexual de la mujer, quienes ven en la lactancia algo sexual en realidad están pensando en otras cosas y tienen la mente sucia, muy sucia.

Así que ver a un bebé pegado a la teta cada vez que se asusta, se hace daño o porque sí: molesta, es incómodo y rechazado.

¡Pero es algo totalmente cultural! A todas las madres (espero que haya excepciones) que dan lactancia materna más allá de los seis meses les han recriminado alguna vez que lo hagan. Las han invitado a taparse, les han hecho algun comentario despectivo o incluso les han indicado la puerta de salida.

Todos los bebés se calman con la lactancia materna: es consuelo, amor, protección, seguridad y calma. Un bebé con autismo probablemente tiene alguna dificultad sensorial, y si no la tiene, pues tendrá dificultades para entender el mundo que le rodea, y si no, pues tendrá dificultades en el lenguaje o mil cosas más. (El autismo es un espectro, así que afirmar rotundamente que un bebé autista es «así» es bastante poco acertado. )

Si no tiene autismo, da igual, es un bebé. También está en desarrollo, también tendrá necesidad de aprender desde un puerto seguro. La diferencia es que tú vas a terapias y estás en el punto de mira de profesionales de la salud y la educación que van con una mochila cargada de mitos y prejuicios alrededor de la lactancia materna.

Sobre la lactancia como contención y regulación emocional en el autismo hablé aqui y aqui.

4. Toma teta compulsivamente.

Entre los 18 meses y los 3 años hay una etapa de desarrollo y crecimiento muy intensa. Los bebés entran en una fase de desarrollo que muchas personas denominan «los terribles dos».

Es una etapa de reafirmación de la personalidad, de toma de conciencia de la propia existencia y de la capacidad para conseguir lo que queremos. Las rabietas suelen ser habituales ante la negativa a conseguir algo. E incluso a veces suceden por cosas sin demasiado sentido para nosotros, los adultos, como que la chaqueta se haya ensuciado y esté en la lavadora.

Los bebés amamantados se tiran literalmente a la teta de forma compulsiva. Es uno de los momentos más difíciles para destetar porque están todo el día y toda la noche «enganchados».

Da igual que tu hijo tenga autismo o no, todos lo hacen. Es una etapa absolutamente corriente en el desarrollo de los bebés. Se pasan el día a la teta porque es su refugio emocional. El mundo es algo muy grande y aterrador que tan solo empiezan a descubrir y mamá siempre será un lugar para calmarse y refugiarse.

Todos la pasan. Es posible que un bebé con autismo permanezca en esta fase durante más tiempo, las rabietas pueden confundirse con desregulaciones sensoriales y son momentos de mucho sufrimiento para ellos. Una vez más la lactancia es más que alimento nutricional.

Los bebés, tengan autismo o no, necesitan aprender y crear sus propias herramientas de contención emocional. La gestión de las emociones, el autoconocimiento de su propio estado de ánimo y la autoregulación es algo que los niños neurotípicos parece que llevan de serie, parece que no hay que hacer nada, porque con el paso del tiempo, mejor o peor, lo aprenden.

Nuestros peques autistas necesitan que les acompañemos en ese aprendizaje de manera más intensa. La lactancia materna es una herramienta de contención emocional que desaparecerá con el tiempo. Desde mi punto de vista, es absurdo dedicar los esfuerzos a destetar por que si, en lugar de dedicar esos esfuerzos a dar a ese bebé herramientas y espacios de contención emocional que vayan a servirle para toda la vida.

Una vez más, siempre que tú lo desees, la lactancia se acabará cuando tú lo decidas, o cuando tu bebé lo decida. Terminar prematuramente una lactancia cuando es por decisión de terceras personas solo conduce al sufrimiento y al dolor de madre y criatura.

Autismo y lactancia compatibles

No existe ninguna incompatibilidad médica entre la lactancia materna y el autismo. En todo caso, son barreras culturales, estereotipos y prejuicios que conducen a discriminaciones y vulneraciones de derechos.

La lactancia es cosa de dos: de tu bebé y tuya. Autismo y lactancia son compatibles, la decisión de destetar es de la madre y de nadie más es uno de los lemas del blog. Tu bebé decidirá dejar la teta cuando quiera. Si tú no quieres esperar a que lo haga por si mismo y decides destetar es tu decisión. A nadie más que a ti y a tu bebé les incumbe: ni empezar la lactancia materna, ni acabarla. Es algo privado en lo que nadie debería inmiscuirse.

Dar el pecho o no darlo es tu decisión. La mayoría de mujeres que dan el pecho en realidad no lo hacen porque sea más beneficioso, no dan el pecho por lo que digan o dejen de decir los estudios científicos: lo hacen porque quieren.

Muchas mujeres intentan dar el pecho y se topan con la falta de asesoramiento adecuado y no pueden llegar a hacerlo. Otras directamente no quieren ni pensar en dar el pecho y optan por la lactancia artificial.

Todas las opciones son respetables y son privadas e íntimas y nadie debería inmiscuirse en los motivos por los que haces una u otra cosa.